Con la llegada del Año Nuevo, el discurso se repite casi como un ritual. Los propósitos se presentan como una oportunidad universal, como si el cambio fuera solo una cuestión de decisión personal y voluntad.
Pero este relato, tan arraigado socialmente, es profundamente desigual. No todo el mundo parte del mismo punto ni dispone de las mismas herramientas. Y cuando hablamos de jóvenes con adicciones o trastornos de conducta, esta narrativa no solo es insuficiente, sino que puede resultar injusta.
Estos jóvenes no empiezan el año con una lista de objetivos ilusionantes. A menudo lo comienzan con una carga: la de todos los intentos previos, las promesas incumplidas y la sensación de fracaso acumulada. El propósito existe, pero va acompañado de desconfianza hacia uno mismo. No es falta de voluntad; es agotamiento.
Hablamos de “dejarlo”, de “controlarse”, de “ponerle ganas”, como si el cambio fuera un acto inmediato y lineal. Este enfoque ignora una realidad fundamental: en la adicción y en muchos trastornos de conducta, la capacidad de autorregulación está alterada.
Este discurso del “si quieres, puedes” no solo no ayuda, sino que genera culpa. Traslada toda la responsabilidad al joven, invisibiliza los condicionantes emocionales, familiares y sociales, y convierte cada recaída en una prueba más de incapacidad personal.
Desde el ámbito terapéutico, la realidad es muy distinta. El cambio no responde a los tiempos simbólicos del calendario. Es lento, incluye avances y retrocesos, momentos de lucidez y momentos de bloqueo. Y todo eso forma parte del proceso, no del fracaso.
Habría que revisar qué entendemos por propósito cuando hablamos de salud mental juvenil. Tal vez no deberíamos hablar tanto de grandes cambios, sino de las condiciones para que esos cambios sean posibles: acompañamiento, tiempo, límites claros, entornos seguros y espacios donde equivocarse sin ser juzgado.
El verdadero propósito, en estos casos, no es “cambiar de vida” a partir del 1 de enero. Es seguir trabajando cuando no hay resultados inmediatos.
Este Año Nuevo, quizá el gesto más responsable como sociedad no sea exigir propósitos, sino comprender procesos. Menos eslóganes motivacionales y más mirada crítica. Menos prisa y más comprensión.
Porque para muchos jóvenes, el verdadero reto no es empezar de nuevo, sino no quedarse solos mientras lo intentan.


