Este artículo forma parte de la columna mensual que publicamos en prensa, donde reflexionamos sobre situaciones reales que viven muchas familias cuando acompañan a jóvenes con dificultades emocionales, trastornos de conducta o adicciones.
Hoy compartimos una reflexión sobre una frase que escuchamos con frecuencia: “Mi hijo dice que no tiene ningún problema”.
Un punto de partida que abre preguntas, dudas y también la necesidad de comprender qué hay detrás de la negación.
“Mi hijo dice que no tiene ningún problema”
Él dice que está bien. Dice que lo controla. Dice que exageramos. Son frases que muchas familias repiten con cansancio cuando explican lo que ocurre en casa. Detrás de estas palabras hay una de las situaciones más difíciles de afrontar: ver que un hijo no está bien y, al mismo tiempo, sentir que niega cualquier problema.
Cuando un joven dice que no le pasa nada, la frustración familiar aumenta. La realidad del día a día, conflictos, cambios de conducta, impulsividad, aislamiento o consumo, desmiente este relato. Pero la negación persiste. No es extraño que las familias acaben dudando de sí mismas.
La negación no es un capricho, sino a menudo un mecanismo de defensa. Reconocer el problema implica afrontar miedo, vergüenza o la sensación de haber perdido el control, y para muchos jóvenes eso resulta emocionalmente demasiado difícil.
En casos de adicciones o trastornos de conducta, además, la conciencia sobre el propio comportamiento puede estar alterada. Por eso, insistir en que “lo reconozca” suele generar el efecto contrario.
Socialmente hemos construido un discurso demasiado simplista sobre el cambio. Hablamos de querer y de esforzarse, como si todo el mundo partiera del mismo lugar y tuviera las mismas herramientas. Cuando este relato se aplica a jóvenes con dificultades emocionales, a menudo solo genera culpa e incomprensión.
Ante la negación, muchas familias reaccionan desde la confrontación. Es comprensible, pero cuando un joven se siente atacado, se defiende y la negación aumenta. Acompañar no es convencer, sino sostener: poner límites claros, hablar de hechos y preservar el vínculo. El reconocimiento del problema suele llegar más tarde, cuando el proceso ya ha comenzado.
Y hay una realidad que a menudo queda fuera del relato: las familias también necesitan apoyo. La negación desgasta, confunde y agota. Pedir ayuda no es rendirse, sino cuidarse para poder seguir acompañando.
Cuando un joven dice que no tiene ningún problema, el reto no es forzar la conciencia, sino crear las condiciones para que esta pueda aparecer. Con tiempo y con acompañamiento.


