En Font Fregona creemos que la sensibilización es una parte fundamental de nuestro trabajo. Por eso, cada mes colaboramos con el semanario El 3 de Vuit, donde compartimos reflexiones sobre temas tan importantes como los trastornos de conducta, los problemas de salud mental, las adicciones y la patología dual.
Nuestra intención con estas columnas es acercar, con un lenguaje claro y accesible, realidades que muchas veces quedan silenciadas o estigmatizadas, y aportar una mirada terapéutica y humana que nace de nuestra experiencia diaria con jóvenes y familias.
En esta ocasión, os compartimos la última columna publicada titulada Más allá de la conducta.
Hace unos días, hablando con la madre de uno de los jóvenes ingresados en el centro, nos dijo algo muy importante: “Mi hijo acabó en el camino en el que terminó porque era la única manera de sobrevivir a lo que estaba viviendo por dentro.” Y añadía: “Por mucho que nos cueste aceptarlo, su comportamiento fue una forma de resistirse a un dolor que no sabía cómo expresar.
El ingreso fue un límite, pero también una oportunidad.”
Esta conversación nos muestra algo fundamental: detrás de muchas conductas disruptivas, de la agresividad, del aislamiento o de la apatía, a menudo se esconde un malestar muy profundo. Trastornos de conducta que no aparecen de la nada, sino que tienen un origen emocional, relacional y, muchas veces, invisibilizado. Lo que vemos por fuera —desafío, rechazo, actitudes de riesgo— no es más que la punta del iceberg.
Estos jóvenes no eligen ser difíciles, no quieren hacer daño porque sí. Están intentando sobrevivir a la incomprensión que han vivido respecto a su manera de sentir, de gestionar lo que les pasa. Se han quedado sin herramientas y, cuando no sabes poner palabras a lo que te ocurre, actúas como puedes, aunque eso te lleve por caminos que te hacen daño.
Es importante entender que no se trata solo de poner límites o corregir actitudes. Eso es necesario, pero no suficiente. Se trata de observar con profundidad, de mirar más allá de la conducta, de preguntarnos qué está intentando expresar ese chico o esa chica, qué vacío intenta llenar o qué herida arrastra que no sabe cómo curar.
Cuando un adolescente tiene un trastorno de conducta, toda la familia lo vive.
Aparecen el miedo, la culpa, la incomprensión y, muchas veces, la soledad. Por eso es fundamental que el acompañamiento sea integral: no solo al joven, sino también a su entorno. Hay que restituir el vínculo para devolver confianza donde ha habido tensión, y escucha donde ha habido gritos. Nadie debería sentirse solo ante una situación así. Cuando miramos más allá de la conducta, empezamos a ver a la persona, y cuando vemos a la persona, la posibilidad de cambio se vuelve real.
Esto solo es posible desde la empatía y desde un acompañamiento profesional, cercano y sostenido.
No se trata de justificar comportamientos, sino de entender su origen para poder transformarlos. Porque, al final, lo que todos necesitamos es sentirnos vistos, escuchados y acompañados.


