En los últimos años, el crecimiento de recursos destinados a la salud mental juvenil ha ido acompañado de un fenomen preocupante: la tendencia a simplificar procesos profundamente complejos. Cada vez se prometen más recuperaciones rápidas, con plazos cerrados e incluso con promesas que sugieren que el cambio puede programarse como si fuera un servicio más.
Trabajar con jóvenes con adicciones o trastornos de conducta no es una actividad que pueda reducirse a calendarios comerciales. No existe una fórmula que garantice resultados en tres meses, ni un protocolo universal que asegure la evolución de todos al mismo ritmo. Cada joven lega con una historia diferente, con heridas propias y con un tiempo interno que no responde a las prisas del mercado.
Cuando el propósito de un centro terapéutico se diluye tras la necesidad de crecer o captar más familias, aparece el riesgo de convertir procesos humanos en productos. Y es ahí donde conviene hacer una pausa. En salud mental juvenil, prometer resultados cerrados es poco realista y puede llegar a ser muy injusto.
Las familias legan a menudo agotadas, vulnerables y con una gran necesidad de encontrar esperanza. Decir lo que las familias quieren escuchar puede generar confianza inmediata, pero también puede romperla cuando la realidad del proceso se muestra más lenta, más compleja y menos lineal de lo imaginado.
Acompañar a un joven no vender una recuperación acelerada. Es iniciar un camino con avances y retrocesos, momentos de luz y también de incertidumbre. Es trabajar desde la vocación y desde una ética profesional que ponga el benestar real por encima de cualquier cifra.
Esto no significa negar la necesidad de que los centros sean sostenibles. Pero hay una clara diferencia entre gestionar un proyecto con responsabilidad y convertirlo en un negocio puro y duro donde el volumen pesa más que los resultados.
Quizás el debate que nos toca abrir como sociedad no sea sólo cuántos recursos tenemos, sino cómo se reparten ya qué se destinan. Si priorizamos la prisa, terminaremos buscando resultados inmediatos. Si priorizamos el propósito, aprenderemos a respetar los tiempos reales de los jóvenes ya no engañar a nadie con promesas imposibles.
Porque en este ámbito, la dedicación y la vocación no son un valor añadido.
Son la única base posible.


