Cuando hablamos de recuperación, solemos imaginar un camino de avances continuos, sin embargo, la realidad es mucho más compleja. En los procesos relacionados con las adicciones, la salud mental o los trastornos de conducta pueden aparecer momentos de retroceso que generan por, frustración e incertidumbre, tanto en los jóvenes como en sus familias.
Entender lo que significa realmente una recaída es fundamental para poder acompañar sin perder la esperanza porque una recaída no borra todo el camino recorrido ni invalida el esfuerzo realizado. Sigue formando parte del proceso.
En nuestra columna en el semanario Eldeocho de este mes, reflexionamos sobre cómo miramos las recaídas y por qué cambiar nuestra forma de entenderlas puede marcar una gran diferencia en el acompañamiento y la recuperación.
A continuación os compartimos el texto publicado:
Vivimos en una sociedad que celebra los éxitos, pero que tolera muy mal las caídas. Nos gustan las historias de superación con un final redondo: esa persona que lo pasó mal, luchó y, a partir de ese día, todo fue bien. Son historias que inspiran, pero también nos hacen creer que recuperarse es un camino recto. Y la realidad es que casi nunca lo es.
Cuando una persona recae en una adicción, cuando vuelve a una conducta que parecía superada o cuando parece que deshace parte del camino recorrido, la reacción suele ser la misma: «Ha vuelto a empezar». Como si todo el esfuerzo anterior hubiera desaparecido de un día para otro.
No sé si nos damos cuenta de la dureza que hay tras esta afirmación.
Porque nadie diría que un niño que se cae mientras aprende a andar ha fracasado. Nadie espera que aprenda sin perder el equilibrio. Entendemos que cada caída forma parte del aprendizaje. Curiosamente, cuando hablamos de salud mental, trastornos de conducta o adicciones, esa comprensión desaparece. Exigimos procesos impecables a personas que están intentando reconstruir su vida.
No se trata de restar importancia a una recaída. Dúele. A la persona que la vive, a la familia que vuelve a sentir miedo y también a los profesionales que acompañan al proceso. Pero una recaída no borra todo lo aprendido. No anula los meses de esfuerzo, ni las herramientas adquiridas, ni los pequeños cambios que han ido transformando a esa persona.
Quizás el problema es que seguimos entendiendo la recuperación como una meta, cuando en realidad es un proceso. Y los procesos, todos, están llenos de días buenos, días malos, dudas, retrocesos y nuevos comienzos. También nos pasa a nosotros. ¿Cuántas veces hemos recaído en hábitos que queríamos dejar, en miedos que creíamos superados o en formas de vivir que sabíamos que no nos hacían bien?
Quizás la diferencia es que nuestras recaídas pasan más desapercibidas.
Por eso creo que, antes de juzgar, deberíamos aprender a mirar estos procesos con más humildad. Dejar de preguntarnos únicamente por qué alguien ha vuelto a caer y empezar a preguntarnos qué necesita para poder volver a levantarse.
La recuperación no consiste en no caer nunca. Consiste en descubrir que, incluso después de una caída, todavía es posible seguir andando.


