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Cuando el malestar es la normalidad

Hablar de salud mental es, sin duda, uno de los grandes avances de los últimos años. Sin embargo, junto a una mayor conciencia también ha surgido un riesgo que merece reflexión: acostumbrarnos al malestar hasta el punto de considerarlo normal.

 

En la columna de junio publicada en el semanario El3devuit, reflexionamos sobre cómo hemos pasado de ocultar determinadas dificultades emocionales a convivir con ellas como si fueran inevitables, y sobre la importancia de seguir actuando cuando un joven necesita ayuda.

 

Comprender el malestar es necesario.

Pero comprender no debería significar dejar de intervenir.

 

Cuando el malestar es la normalidad

 

Durante muchos años, el malestar emocional se vivía en silencio. Muchas familias ocultaban lo que ocurría en casa por miedo al juicio externo, y muchos jóvenes crecían sin espacios donde poder expresar lo que sentían.

 

Hoy, afortunadamente, existe una mayor conciencia sobre la salud mental y una mayor facilidad para hablar de ansiedad, saturación emocional o malestar psicológico. Y esto supone un avance importante.

 

Pero, paralelamente, también está apareciendo un fenómeno que conviene observar con atención: el riesgo de normalizar determinadas situaciones hasta el punto de dejar de intervenir.

 

Cada vez es más habitual escuchar frases como "todos los jóvenes están mal", "es normal sentirse así" o "es el mundo que las ha tocado vivir". Y es cierto que vivimos en una sociedad con una gran presión emocional, hiperestimulación y una exigencia constante de rendimiento y validación.

 

Pero entender el contexto no debería significar resignarnos. Comprender el malestar no es lo mismo que asumirlo como inevitable.

 

El problema aparece cuando, en número de la comprensión, dejamos de reaccionar ante situaciones que necesitan atención. Cuando determinadas conductas, cierto aislamiento o una desconexión emocional persistente se convierten en parte del paisaje cotidiano y dejan de preocuparse.

 

A muchas familias las ocurre casi sin darse cuenta. Lo que al principio parecía algo puntual se mantiene en el tiempo y acaba integrándose en la rutina. Y ahí existe un riesgo importante: acostumbrarnos al malestar hasta el punto de dejar de verlo.

 

Porque que una situación sea frecuente no significa que sea saludable.

 

Entender lo que le ocurre a un joven es necesario, pero entender también implica actuar. Implica escuchar, acompañar, poner límites cuando es necesario y pedir ayuda antes de que la situación se vuelva más profunda.

 

Porque hay procesos que no esclatan de repente; simplemente se cronifican en silencio.

 

Quizás el reto no sea solo hablar más de salud mental, sino aprender a diferenciar entre normalizar la conversación y normalizar el sufrimiento.

 

El malestar emocional no debería generar vergüenza, pero tampoco indiferencia.

 

Y acompañar de verdad no consiste únicamente en comprender lo que ocurre. También implica hacer algo para que pueda cambiar.

 

Font Fregona

El objetivo es conseguir vencer la adicción, conductas de riesgo y reestructurar su vida a través del aprendizaje de nuevos patrones de conducta.

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