Acompañar a alguien que queremos no siempre significa dar más miedo a esa persona. A veces, la ayuda más importante consiste en aprender a estar a su lado sin asumir las responsabilidades que le corresponden.
En los procesos terapéuticos de jóvenes con problemas de adicción o trastornos de conducta, las familias también afrontan sus propios aprendizajes. Uno de los más difíciles es encontrar el equilibrio entre proteger, confiar y permitir que sus hijos e hijas desarrollen su autonomía.
En la columna de ese mes, publicada en el semanario El3deocho, reflexionamos sobre cómo nuestras buenas intenciones pueden quitarnos, sin darnos cuenta, a intervenir demasiado y sobre la importancia de aprender otra forma de acompañar.
Porque ayudar no siempre significa evitar las dificultades, sino ofrecer el apoyo necesario para que cada persona aprenda a afrontarlas.
Aprender a acompañar
Vivimos en una sociedad que valora la acción. Cuando alguien a quien queremos atraviesa un momento difícil, la respuesta casi automática es intentar hacer algo: buscar soluciones, dar consejos, resolver problemas o evitar sufrir.
Es una reacción profundamente humana que también se da en las familias que conviven con una adicción o un trastorno de conducta. El deseo de proteger puede llevarnos a asumir responsabilidades que corresponden al propio joven, con la esperanza de facilitarle el camino o evitarle nuevos errores.
Pero ayudar y sustituir no son lo mismo. A menudo, como la mejor de las intenciones, acabamos dando por el otro aquello que debería aprender a hacer por sí mismo. No porque no confiemos en él, sino porque nos cuesta soportar el sufrimiento que conlleva cualquier proceso de cambio.
Para crecer es necesario asumir responsabilidades, porque nadie aprende a tomar decisiones si los demás las toman siempre por él. Nadie desarrolla autonomía si no tiene la oportunidad de afrontar las consecuencias de sus actos. Y eso no significa dejar sola a la persona ni desentendirse de lo que le ocurre. Significa entender que acompañar no es recorrer el camino por ella, sino estar ahí mientras aprendo a recorrerlo.
A menudo, una de las partes más difíciles del proceso terapéutico no la vive solo el joven, sino también su familia. Aprender a acompañar desde otro sitio implica aceptar que habrá momentos de incertidumbre, que los cambios no siempre serán inmediatos y que no todo depende de hacer más.
Muchas veces, ayudar también es saber esperar, escuchar antes de responder, poner límites desde la serenidad, confiar en el proceso y permitir que el otro descubra que es capaz de hacerse cargo de su propia vida. Y no es una postura cómoda; requiere paciencia, confianza y, sobre todo, renunciar a la idea de que podemos controlar lo que sólo la otra persona puede decidir.
Quizá por eso una de las transformaciones más grandes que viven muchas familias durante un proceso terapéutico no es sólo ver cambiar a su hijo oa su hija, sino descubrir una nueva forma de acompañar.
Ayudar no siempre es hacer más, a menudo la mejor ayuda es estar al lado sin ocupar el lugar que le corresponde al otro. Y esta forma de acompañar, aunque sea más difícil, es también la que más favorece el crecimiento y la recuperación.


