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Cuando pesa más el “qué dirán”

 

Os compartimos la última columna publicada en el semanario El3devuit.

 

En ella reflexionamos sobre el peso del “qué dirán” en situaciones de salud mental juvenil y cómo la mirada social puede influir en los procesos de las familias.

 

A continuación, compartimos la versión en castellano.

 

Cuando pesa más el qué dirán

 

Cuando una familia atraviesa una situación difícil con un hijo, el problema no siempre es solo lo que ocurre en casa. A menudo, lo que también pesa mucho es lo que puede pasar fuera: cómo lo ven los demás.

 

El “qué dirán” sigue teniendo un peso considerable cuando hablamos de salud mental juvenil. Especialmente en contextos donde las dificultades no encajan con la imagen que se quiere proyectar. Conductas de riesgo, consumo, conflictos o malestar emocional no solo generan preocupación interna, sino también una presión externa que condiciona.

 

Esta presión no siempre es explícita, pero está presente. Se manifiesta en silencios, en retrasos a la hora de pedir ayuda o en la tendencia a minimizar lo que está pasando. No porque no se quiera ver la realidad, sino porque cuesta exponerla.

 

Aún hoy, hablar de salud mental en jóvenes incomoda. Se tolera mejor cuando es discreto, cuando no altera el entorno o cuando se puede justificar. Pero los procesos reales no responden a esa lógica. No son limpios, ni previsibles, ni fáciles de explicar.

 

Muchas familias explican que el paso más complejo no fue asumir la situación, sino hacerla visible. Decirlo en voz alta, salir del relato de normalidad y aceptar que se necesita ayuda. Este momento, más que cualquier otro, es el que genera más resistencia, porque hacerlo implica exponerse y la exposición, aún hoy, genera miedo.

 

Pero sostener esta presión tiene consecuencias. Cuando el “qué dirán” pesa más que el “qué necesitamos”, el proceso se retrasa y, en salud mental juvenil, el tiempo es un factor relevante.

 

Quizá el reto no sea solo ampliar recursos, sino revisar la mirada colectiva con la que entendemos la salud mental juvenil. Entender que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una decisión responsable y necesaria en muchos procesos. Y asumir, también, que sostener una imagen no puede estar por encima de lo que realmente está ocurriendo. Porque cuando la prioridad es aparentar normalidad, se corre el riesgo de alargar situaciones que necesitan ser atendidas. Ningún proceso debería estar condicionado por el miedo al juicio externo, ni por la necesidad de responder a unas expectativas sociales que a menudo no tienen en cuenta la complejidad real de lo que se vive en casa.

 

Porque, en estos casos, lo que está en juego no es la opinión de los demás.

Es el bienestar real de un joven.

 

Font Fregona

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