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Los cambios más importantes no suelen verse al principio

Cuando un joven inicia un proceso terapéutico, hay una pregunta que muchas familias se hacen casi desde el primer día: «¿Cuándo empezaremos a notar cambios?»

Es una pregunta completamente natural. Después de meses, e incluso años, de preocupación, conflictos y sufrimiento, es lógico esperar señales que indiquen que el camino emprendido está dando resultado.

 

Sin embargo, los procesos de recuperación rara vez siguen el ritmo que nos gustaría.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a obtener respuestas inmediatas. Queremos ver resultados rápidos porque asociamos el cambio con aquello que es visible: una conducta diferente, una actitud más positiva o una mejora evidente en la convivencia.

Pero la recuperación casi nunca empieza por ahí.

 

 

Los cambios más importantes suelen producirse mucho antes de que puedan verse desde fuera.

 

Antes de que un joven sea capaz de expresar cómo se siente, primero necesita aprender a reconocer sus emociones. Antes de recuperar la confianza de su familia, necesita empezar a confiar de nuevo en sí mismo. Antes de cambiar una conducta, tiene que comprender qué la estaba provocando.

Son transformaciones silenciosas que no aparecen de un día para otro y que, muchas veces, pasan desapercibidas para quienes más desean verlas.

Por eso, durante un proceso terapéutico, es importante entender que no todos los avances son visibles.

  • Aprender a pedir ayuda.
  • Aceptar una norma sin reaccionar impulsivamente.
  • Escuchar a los demás.
  • Reconocer un error.
  • Participar en una actividad cuando antes se evitaba.
  • Volver a responsabilizarse de pequeñas tareas cotidianas.

 

Desde fuera pueden parecer gestos sin demasiada importancia, sin embargo, son precisamente esos pequeños cambios los que empiezan a construir una recuperación sólida.

 

Podríamos compararlo con el crecimiento de un árbol.

 

Cuando plantamos una semilla, durante un tiempo parece que no ocurre nada. La tierra sigue igual y no vemos ningún brote. Debajo de la superficie ya se está produciendo el trabajo más importante: las raíces empiezan a crecer  pero unas raíces fuertes, ningún árbol podría sostenerse.

 

Con las personas sucede algo parecido.

Los cambios externos suelen ser la consecuencia de un trabajo interno que ha necesitado tiempo para consolidarse. Por eso, querer acelerar ese proceso no hace que llegue antes, al contrario, puede generar frustración tanto en el joven como en su familia.

 

Esto no significa que las familias deban conformarse o dejar de preocuparse por la evolución de su hijo o de su hija. Hay que comprender que recuperar la confianza en uno mismo, aprender nuevas formas de gestionar las emociones o construir hábitos diferentes requiere tiempo, constancia y acompañamiento.

 

A veces, una familia siente que «no está pasando nada» porque todavía no observa grandes cambios, sin embargo, en muchas ocasiones, el proceso ya ha empezado lo que ocurre es que todavía se está construyendo desde dentro.

 

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Probablemente esa es la parte más difícil de aceptar: confiar en algo que aún no se ve.

 

Por eso, una parte importante del acompañamiento también consiste en aprender a valorar esos avances discretos que, aunque no llamen la atención, marcan el verdadero inicio de la recuperación.

Los grandes cambios rara vez aparecen de golpe, son la consecuencia de muchas pequeñas decisiones, de aprendizajes cotidianos y de procesos internos que necesitan tiempo para madurar.

 

La recuperación no empieza el día en que todos ven el cambio, es mucho antes, cuando la persona comienza a transformarse por dentro, aunque todavía nadie pueda verlo.

 

Font Fregona

L’objectiu és aconseguir vèncer l’addicció, les conductes de risc i reestructurar la seva vida a través de l’aprenentatge de nous patrons de conducta.

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