Las redes sociales forman parte de la vida de la mayoría de adolescentes. Les permiten comunicarse, aprender, entretenerse e incluso construir parte de su identidad. Por sí mismas, no son un problema. El reto aparece cuando su uso deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en una necesidad difícil de controlar.
En los últimos años, los profesionales de la salud mental observamos un aumento de jóvenes que presentan una relación poco saludable con el mundo digital. En muchos casos, las redes sociales no son el origen del malestar, pero sí un espacio donde este acaba intensificándose.

Un cerebro especialmente sensible
La adolescencia es una etapa de profundos cambios neurológicos, emocionales y sociales. El cerebro todavía está desarrollando las áreas relacionadas con el autocontrol, la planificación y la toma de decisiones, mientras que los circuitos vinculados a la recompensa funcionan con gran intensidad.
Cuando las redes dejan de ser un entretenimiento
El problema aparece cuando el tiempo de conexión empieza a sustituir otras actividades esenciales para el desarrollo del adolescente.
Dormir menos horas, abandonar aficiones, aislarse de la familia, disminuir el rendimiento académico o experimentar ansiedad cuando no pueden acceder al teléfono son algunas señales de alerta.
En ocasiones, las redes también se convierten en una vía para escapar del malestar emocional. Un joven que siente soledad, inseguridad, ansiedad o baja autoestima puede encontrar en el mundo digital una forma rápida de aliviar ese sufrimiento. El problema es que ese alivio suele ser temporal y, con el tiempo, puede reforzar una dependencia cada vez mayor.
La presión de estar siempre presente
A diferencia de generaciones anteriores, muchos adolescentes sienten que nunca pueden desconectar del todo.
Las conversaciones continúan después del instituto, las comparaciones son constantes y la necesidad de estar al día puede generar una presión difícil de sostener.
A ello se suman fenómenos como los retos virales, la búsqueda de reconocimiento mediante la exposición pública o el miedo a quedarse fuera de lo que ocurre en el grupo, conocido como FOMO (Fear of Missing Out).
No todos los jóvenes reaccionan igual, pero quienes presentan una mayor vulnerabilidad emocional pueden verse especialmente afectados.

Más allá del tiempo de pantalla
Durante mucho tiempo se ha puesto el foco únicamente en las horas que los adolescentes pasan delante del móvil. Sin embargo, la investigación actual señala que la pregunta más importante no es cuánto tiempo utilizan las redes sociales, sino cómo las utilizan y qué función cumplen en su vida.
No es lo mismo un uso creativo, social o educativo que un uso compulsivo destinado a evitar emociones difíciles o a buscar una validación constante.
Por eso, cada caso requiere una valoración individual.
El papel de las familias
Las familias desempeñan un papel fundamental en la prevención.
Más que prohibir, resulta mucho más eficaz acompañar, interesarse por el mundo digital de los hijos, establecer límites coherentes y mantener espacios cotidianos de conversación donde puedan expresar cómo se sienten sin miedo a ser juzgados.
Cuando un adolescente encuentra comprensión, apoyo y referentes adultos disponibles, es más probable que desarrolle una relación saludable con la tecnología.
Un problema que siempre va más allá de la pantalla
Cuando un joven desarrolla una conducta adictiva relacionada con las redes sociales, el objetivo no debería ser únicamente reducir el uso del teléfono.
Es necesario comprender qué necesidad emocional está intentando cubrir, qué dificultades existen detrás de ese comportamiento y qué recursos necesita para afrontarlas de una forma más saludable.
En Font Fregona entendemos que cada conducta tiene una historia detrás. Por eso trabajamos desde un abordaje integral, acompañando tanto al adolescente como a su familia para ayudarles a comprender el origen del malestar y construir nuevas formas de relacionarse consigo mismos, con los demás y también con la tecnología.
Detrás de las pantallas hay personas y comprenderlas sigue siendo el primer paso para poder ayudarlas.


